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La dimensión terapéutica del silencio [19-04-2020]

 

Esta noche me he despertado en su ecuador, el cuerpo dolorido requiere estiramientos y analgesia. Trato de tomármelo con calma y disfrutar de estos insomnes momentos. En éstas interrupciones nocturnas del sueño, acabo asomándome al balcón a dar una bocanada de aire fresco, a observar mi porción de mundo y firmamento un rato. Hoy me ha sorprendido el silencio casi absoluto, tan solo el fluir del Duero se aprecia como un leve siseo de fondo. Me extraña un tanto no escuchar ningún trino, pues otras noches creo recordar que, a horas parecidas, previas al amanecer, ya se escuchaban algunos variados surcando la noche, aunque sin romper la calma. Puede que se deba a la ausencia de luna, es luna nueva, no sé, quizá es que hoy sea un poco antes. Lo que sí sé es que el silencio me ha dado pie a reflexionar sobre él, así que hoy he decidido escribir en silencio, rompiendo la costumbre de hacerlo acompañado de unas fluidas notas de jazz.

 

Creo recordar que, no hace mucho tiempo, he leído por ahí que la neurociencia está descubriendo la dimensión terapéutica del silencio, dicen que en contraposición al ruido, el silencio es un antídoto fundamental de prevención de los disturbios mentales y esencial en el bienestar general del organismo, empezando por un sueño mejor y más profundo. Un descubrimiento por otra parte ya practicado, hace milenios, por los maestros orientales y los ascetas y filósofos clásicos. Pero está bien que comencemos a prestar atención al silencio en nuestro loco y agitado mundo.

 

Es casi imposible tolerar el silencio absoluto por mucho tiempo. La ausencia de sonidos es una incomoda privación, una especie de ayuno en nuestro mundo, a veces necesitamos un ruido de fondo que esté ahí velando por el silencio. A veces el silencio absoluto lo experimentamos cómo una monstruosa soledad, cómo un insoportable abandono o una fastidiosa inquietud, en ocasiones incluso el peso del silencio evoca muerte.

 

Hay silencios poco amables, que a veces nos quieren recordar lo solos que estamos en general o de alguien en particular. Los silencios de las respuestas que no llegan. Las palabras que ya nunca escucharemos de los que se fueron, de todo lo que no nos dijeron, de lo que no les dijimos. El silencio del que se encerró en sí mismo. La ausencia de palabras en una mirada dura o un gesto cruel. El silencio impuesto, ese ¡te callas!. La tensión silenciosa del que aguarda veredicto.

 

Pero también hay silencios amables, agradables, como el silencio de la mirada, que no necesita hablar, entre los enamorados, como el relajante silencio del que, atiborrado de ruido y estrés, por fin encuentra un claro de paz en la selva acústica, o el exultante silencio que sobreviene a un momento de felicidad, o el silencio expresado con toda su fuerza por Chaplin o las inteligentes mímicas del gran maestro del mimo Marcel Moreau y también, el silencio buscado en la meditación o el espectacular silencio del espacio, en la bella observación del cosmos.

 

Hay algo misterioso en el silencio que de alguna forma nos fascina y de otra, nos aterra. Nos hace difícil su comprensión en esta época empeñada a veces en la hipercomunicación, aunque a veces nuestras comunicaciones no sean más que una cotorra repetición de las mismas fórmulas gastadas, de la misma letanía política, religiosa, social o económica.

 

Pero también tiene el silencio un tipo de energía que no encontramos en otra fuente, tiene el poder de hacernos pensar, de calmar nuestra agitada mente, de acallar nuestro ego y dejar paso al discurso sin palabras de nuestro inconsciente, de facilitarnos la introspección, de no permitir que los desbocados pensamientos se interpongan en el camino de nuestra realidad, impidiéndonos apreciar realmente la belleza del mundo que nos rodea, permitiendo a su vez pronunciarse a nuestro verdadero yo. Deberíamos apreciar las virtudes del silencio y aprovechar su gran poder para ser usado de forma benéfica, librándonos de su lado oscuro. A veces un poquito de sereno silencio puede ayudarnos a alcanzar un poco de paz interior. Simplemente escuchar el silencio, dejarnos llevar y serenar por él unos instantes puede resultar sanador.

 

Buen día a [email protected]!!!

 

Os quiero [email protected]!!!

“Si quieres oír cantar a tu alma, haz el silencio a tu alrededor.” Arturo Graf

Pero no vamos a terminar en silencio, no, vamos a romperlo con esas notas de jazz que silencié al principio, con un tema que ayuda a empezar “sosegadamente activo” la mañana y el nuevo día, “Cantaloup Island” de Herbie Hancock, un temazo para vosotros, espero que os guste y disfrutéis de esos rítmicos, elegantes y fluidos cinco minutos.

el-pinche-feliz

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