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Los niños han vuelto [27-04-2020]

 

Los niños han vuelto. Las escenas, como pequeñas fotografías sociales, se suceden desde el punto de observación de mi ventana. Los más madrugadores son un grupo formado por una madre, dos niños y una niña, de cinco a ocho años aproximadamente. Marchan en fila como polluelos tras su madre, pero de forma inversa. Disciplinados, caminan delante de ella, probablemente asombrados por la inactividad que encuentran a su paso a primera hora de la mañana. Me los imagino nerviosos, excitados, pertrechados con toda la “equipación antivírica”, rebosantes de impaciencia, en contenida emoción y ordenada fila en la puerta de la entrada de su casa, esperando a que sean las nueve, esperando a “Mamá Sherpa”.

 

Los siguientes que observo son dos gemelos y otro niño en patinete, son amigos seguro, intentan mantener la distancia social, tal y como les han aleccionado en casa previamente a su salida, pero se les olvida a veces, y reciben el toque de atención de sus madres, que permanecen comadreando un rato, seguro que también tenían ganas de contarse multitud de anécdotas en persona, eso si, a esos dos metros de distancia.

 

Más tarde, una semiadolescente camina hacia la barandilla del pequeño mirador que se asoma al parque y desde donde se pueden ver las pistas deportivas, con sus porterías abandonadas y las solitarias canastas de baloncesto con sus redes ondeantes al viento, como melenas despeinadas en ordenado caos. Un adulto que camina a varios metros detrás de ella, le llama la atención, recordandole que no debe alejarse tanto, que no puede ir sola, ella protesta, pero atiende a la petición de su padre, me imagino, e inician camino juntos aunque ella se distancia un poco, juntos pero no tanto, imagino que piensa, asumiendo que para este paseo no tiene otra opción, es como si la acompañaran hasta la puerta del colegio y encima le dieran un beso en la puerta delante de sus [email protected], ¡que horror!, es normal.

Luego veo a dos pequeños con su madre, dirigen su atención hacia un balcón, intercambian emotivos saludos e imaginarios abrazos, tiran besos, soplando para acompañar su viaje, a una emocionada pareja de ancianos, que intuyo que son sus abuelos, que bonito y entrañable momento.

 

Es cierto que en una pequeña ciudad, como la que habito, con baja densidad de población y por ende con pocos niños, ha sido relativamente más fácil cumplir con las normas y aplicar la responsabilidad social que entrañaba la opción de salir a la calle, que en las grandes ciudades, donde ha habido imágenes dignas de enmarcar para ilustrar lo que no se debe hacer. Dónde la responsabilidad brillaba por su ausencia, esa irresponsabilidad que espero y deseo, no sea reflejo de la inmensa mayoría.

 

La palabra responsabilidad es una composición alusiva de “responder” y “habilidad”, es decir de la habilidad para elegir la respuesta. Nos dice que nuestra conducta es producto de nuestra propia elección, sujeta a valores, que no es producto de las condiciones, condicionamientos, circunstancias o está fundada en sentimientos. El término responsabilidad tiene muchas acepciones, la mayoría de ellas vinculadas a la libertad de elección del ser humano y de aceptación de las consecuencias de los actos efectuados en virtud de esa libertad. La responsabilidad emana de la libertad e incluso, es la carga de la libertad, con la libertad viene implícita la responsabilidad. Hay que entender que cada derecho implica una responsabilidad, que una oportunidad como esta medida genera una obligación social, que la posesión de esa posibilidad de salir lleva inherente una obligación moral de cumplimiento de las normas por el bien colectivo.

 

Y está claro que quien debe reflexionar sobre esas desmesuras producidas ayer han de ser los adultos, han de ser los padres, a través del ejemplo, a través del cumplimiento de las medidas, aleccionando por medio de su ejemplar conducta, mostrando su responsabilidad para luego poder exigirla. De esta manera se podrá colocar la responsabilidad sobre los hombros de esos “locos bajitos”, haciéndoles saber que confiamos en ellos, les ayudara en la adaptación a las nuevas circunstancias y seguramente nos sorprenderá su adecuada y responsable respuesta. Así, tomando responsabilidad de sus acciones, crecerán como personas, como ciudadanos.

 

Esperemos que el día de ayer se quede, por el bien común, en ese primer día de adaptación, de alocada salida en tromba víctimas del ansia por socializar in-situ, por salir al aire libre. Esperemos que hayamos aprendido, comprendiendo que debemos asumir la responsabilidad personal, conscientes de que no podemos cambiar las circunstancias pero sí podemos cambiar nosotros mismos, comprendiendo que la responsabilidad personal no solo es reconocer los errores, sino que también radica en nuestra voluntad para corregir nuestros errores individual y colectivamente, por el bien de todos. Que también con nuestra actitud no empañemos lo conseguido con tanto esfuerzo, y acompañemos a todos esos héroes que se están dejando la piel para frenar y contener la pandemia. Así de esta manera seremos los adultos, y serán los más pequeños, héroes también que contribuyen al bien común de nuestra sociedad.

 

Buen día a [email protected]!!!

 

Os quiero [email protected]!!!

“Un héroe es alguien que entiende la responsabilidad que acompaña a su libertad.” * Bob Dylan

Y en homenaje a “Esos Locos Bajitos”, objeto de mi reflexión, os dejo aquí la canción del mismo nombre compuesta por Joan Manuel Serrat, sin más palabras.

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