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Una mascarilla para cada necesidad

Considerado uno de los cosméticos más antiguos que se conocen, la mascarilla tensa la piel, la regenera, la nutre y la revitaliza. Sus efectos varían en función de la forma en que se aplique el producto, de su textura y de los principios activos que lo compongan.

Una de las ventajas más inmediatas de este cosmético es el relax que proporciona a la piel, ya que la obliga a estar inmóvil durante quince o veinte minutos. A lo largo de este tiempo, el cutis se libera de tensiones. Este efecto nunca se produce durante el día, sobre todo por lo que se refiere a la piel del rostro. Esta se halla en constante movimiento, como consecuencia de la gesticulación de la cara mientras se come o se habla.

La mascarilla, además, ayuda a compensar el tiempo de sueño perdido ya que borra las señales de fatiga y ofrece un respiro al cutis. Debido sobre todo a este reposo y a algunas sustancias calmantes y descongestivas que incluyen estos productos, se consigue uniformizar el tono de la piel, palideciéndolo y eliminando las hiperemias –congestión y enrojecimiento- .

mascarillas

Tipos de Mascarillas

Respecto a las propiedades que se derivan de su textura, se distinguen tres tipos de mascarilla: las que se presentan en polvo y se secan, las plásticas y las cremosas.

Mascarillas de polvo

Suelen ser de caolín, arcilla, aceite y barro refinado o a base de cera y parafinas. A éstas se las denomina mascarillas limpiadoras, pues ayudan a purificar la piel al incluir un efecto de sauna facial que arrastra las impurezas. Es decir, nada más aplicarlas se siente calor y poco a poco, éste da paso a una sensación de frescor.

Por otro lado, al contraerse, tensan la piel. La mayoría de ellas incluye sustancias astringentes que eliminan el exceso de sebo. Por eso, aunque son adecuadas para cualquier tipo de piel, resultan especialmente útiles para aquellas que sufren un exceso de grasa –pieles grasas, mixtas y acnéicas- y que, por tanto, requieren mayor limpieza si se pretende evitar la aparición de granos. Aunque hay quien piensa que las mascarillas cierran el poro, solo las que contienen sustancias astringentes tienen esta propiedad. Las demás suelen abrirlo.

Mascarillas plásticas

Si lo que se quiere es eliminar las células muertas de la superficie de la piel hay que recurrir a una mascarilla plástica, pues al retirarla de la dermis logra un efecto exfoliante. Normalmente están hechas a base de granos de polietileno decantado y de granos micronizados.

La capa más profunda de la piel se compone de células muy activas que se dividen constantemente pasando a la epidermis, donde se van secando y muriendo. Estas mascarillas ayudarán a eliminar dichas células muertas, lo que permitirá mantener la piel suave y con un aspecto más saludable. Al cabo de veinte minutos de ser aplicada, se estira desde la parte inferior del rostro hacia arriba. Conviene evitar la zona situada alrededor de los ojos y, por supuesto, las cejas.

Mascarillas cremosas

Las mascarillas hidratantes no se secan y suelen presentarse en crema o en gel. Estas son las únicas que pueden utilizarse en el contorno de ojos, pero resultan menos eficaces que una buena crema hidratante. Contienen sustancias que se fijan sobre la superficie de la piel, conservando el nivel óptimo de humedad y formando una película protectora que detiene la evaporación.

Las sustancias que más se utilizan en ellas son el colágeno, las proteínas, vitaminas, magnesio, placenta, germen de trigo, aceites naturales hidratantes y algas. Sus efectos beneficiosos se perciben de forma inmediata. Se aplican directamente sobre la piel, se dejan actuar el tiempo indicado y se retiran con un algodón primero y con agua después. La frecuencia aconsejada es de una vez a la semana o dos, si la piel está muy seca.

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