Siempre está muy ocupado, tiene prisa para todo pero lo acosa la sensación de que le faltó algo por hacer... Cuando maneja se enoja, echa las luces altas, gesticula y trata de pasar a los otros coches a como dé lugar... Tiende a trabajar en dos o tres cosas al mismo tiempo... Se acuesta cansado y se levanta cansado... Por estar tan ocupado, se apura durante la comida o, de plano, deja de comer y le cuesta trabajo encontrar tiempo para hacer ejercicio o divertirse...

 

Parece que lo estoy viendo, ¿lo reconoce? Esta persona padece el síndrome del momento: el malhumor.

Quizá ha estado tan presionado con las múltiples demandas que tenemos en el día, que no se ha detenido a preguntarse lo que está haciendo y ni siquiera sabe por qué lo hace.

Si estamos pasando por una etapa como ésta, tal vez nos sintamos incómodos pero no nos sea posible explicar las razones. Es difícil que nos demos cuenta porque "estar ocupado" es muy adictivo.

Nos sentimos muy bien y somos productivos. Además, es muy conveniente porque nos evita pensar en nuestros conflictos interpersonales o bien en áreas de nuestra vida que preferimos evadir. Por ejemplo, es mejor no pensar en el hecho de que un día nos vamos a morir. Bueno, pues con la noticia de que ¡nos vamos a morir!, así que más vale ir pensando en cómo vamos a pasar nuestro tiempo antes de irnos.

Una de las razones por las que estamos tan malhumorados es porque, aunque creemos saber lo que es importante para nosotros, a la hora de enrolarnos en el afán por obtener logros, metas, felicidad y satisfacción es muy fácil que abandonemos lo que en realidad es importante. Lo triste es que, en ocasiones, ni siquiera nos damos cuenta y necesitamos una llamada de atención para tomar conciencia.

malhumor

Hay varios tipos de llamadas de atención.

Vienen en distintas formas y tamaños y pueden ser:

Pérdida del sueño, remordimiento, culpa, promesas incumplidas, oportunidades perdidas, la muerte de un ser querido, la pérdida del trabajo, un ataque al corazón, un hijo con problemas de adicción, un accidente, un divorcio, alguna enfermedad seria... para qué seguimos con el inventario.

Lo importante es que con estas llamadas de atención la vida recobra su lugar como lo más preciado que tenemos y la lista de lo verdaderamente importante se acorta.

Vale la pena reflexionar sobre esta lista de llamadas de atención para preguntarnos: ¿qué es lo que de verdad me sacaría de balance? Imaginemos. Pongámonos en el peor de los escenarios. Pensemos en alguna de las llamadas de atención que ya vimos. Haga una visualización lo más apegada a la realidad que pueda. ¿Qué sentiría?

¿Qué haría? Ahora, responda estas tres preguntas:
  1. ¿Qué cambiaría en mi vida?
  2. ¿Cómo afectaría el tipo de vida que llevo?
  3. ¿Qué podría aprender de esta experiencia?

Es un ejercicio difícil, por lo que le sugiero que escriba sus respuestas en un papel para que pueda revisarlas periódicamente, en especial cuando se sienta frustrado o fastidiado. Esto nos puede ayudar a pensar en lo que de verdad es importante para nosotros. Una vez que lo hagamos podremos obtener los beneficios de una lección profunda sin tener que pasar por el dolor que nos causaría vivir esa experiencia.

Nuestra vida está llena de actividades triviales, tareas, trabajos y proyectos, es inevitable. No podemos hacer que desaparezcan pero podemos aligerar la carga, para esto, es necesario que hagamos un alto en el camino, es decir que a lo largo del día nos detengamos por unos segundos para preguntarnos: ¿qué pienso? ¿cómo me siento? ¿vale la pena?

Es bueno que revisemos cómo nos podrían afectar nuestras decisiones a nivel físico y mental para poder tomar conciencia y resolver si vale la pena invertirle tanta energía y tiempo a lo que estamos haciendo. Al detenernos, ampliamos nuestra razón y podemos retomar el control de nuestra vida.

Es difícil hacer correcciones si estamos inmersos en el carril de alta velocidad, por eso, cuando nos detenemos podemos ubicarnos en la perspectiva de nuestros verdaderos objetivos y de lo que en verdad tiene valor.

 

Porque como dice la frase de Agatón: sólo una cosa es negada aun a Dios: el poder de deshacer el pasado. Así que pregúntese: ¿vale la pena?

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