Un largo camino por recorrer

Desde el inicio al fin de su relación, la mayoría de las parejas han de atravesar una serie de etapas precisas y asumir los conflictos que implica el paso de una a otra.

Desde la formación de la pareja hasta su disolución (muerte de uno de los cónyuges, separación o divorcio) la vida conyugal debe ir atravesando una serie de etapas.

Para algunas parejas, el paso de una etapa a otra, constituye un escollo infranqueable, en el que el amor da paso al resentimiento y la ruptura. Para otras, cada etapa es un desafío, una ocasión de volver a iniciar el proyecto de vida en común y de encontrar la felicidad y el desarrollo personal. Sea como fuere, la mayoría de especialistas están de acuerdo en afirmar que en la vida de una pareja de existen cuatro etapas:

  1. La luna de miel.
  2. Los primeros tiempos o el conflicto del presente.
  3. La organización a largo plazo y la búsqueda de la estabilidad o el conflicto del futuro.
  4. El envejecimiento o el conflicto del pasado.

En este primer capítulo analizaremos las dos primeras fases: luna de miel y conflicto del presente. En una segunda parte, veremos las otras dos fases.

Viaje de Novios

La luna de miel

Las expresiones “luna de miel” y “viaje de bodas” se utilizan muy frecuentemente como sinónimos. Tiene cierta lógica: en realidad, aunque es cierto que los enamorados en luna de miel no siempre están de viaje, sí que tienden a estar en otra parte, a estar “en las nubes” o “no pisar tierra firme”, al menos para la gente que los rodea. Durante esta primera fase de su relación, viven en la euforia y el optimismo desbordado, lo que equivale a vivir en un país lejano para todos los demás que viven la monotonía de lo cotidiano.

Durante este viaje, los miembros de la pareja van a explorarse mutuamente el cuerpo y el alma, y, posiblemente, empezarán a descubrirse. Viven su amor en un estado de gozo exultante, en un éxtasis de los sentidos y en una alegría infinita. Tienen la impresión de que esto no va a acabar nunca, que no puede acabar, que no debería terminarse nunca. Pierden todo el interés por el mundo exterior. Viven totalmente volcados el uno hacia el otro. Abandonan a sus padres, a sus amigos, reduce sus actividades sociales o no salen más que ellos dos solos. Cada uno de ellos no piensa más que en el otro, en ese “nosotros dos” que llena toda su existencia. En fin, el mundo podría dejar de girar, sin que ellos se dieran cuenta.

En esta etapa de la vida de la pareja, la vida en común es para ambos la realización de un ideal, durante largo tiempo esperado. Consecuentemente, están dispuestos a cualquier compromiso, a todos los sacrificios necesarios para asegurar el éxito de su proyecto común. No les importa nada que la vida material sea precaria, con tal de tener el amor del otro. Si uno de ellos se ve obligado a comer o beber algo que nunca le ha gustado, porque al otro le gusta, lo hace encantado e incluso llega a disfrutar. Si tiene que “hacer de tripas corazón” para complacer al otro, lo hace con gusto, como si no pasara nada. En definitiva, los dos tienen la impresión de estar viviendo un gran momento, un periodo único de su vida largo tiempo deseado. Están dispuestos a todo, y sobre todo a darse, a actuar con una total abnegación, para mantener y perpetuar este idílico estado.

Desgraciadamente, todas las lunas de miel acaban un día u otro. Algunas no duran más que algunas semanas, otras duran años. Durante este tiempo ambos cónyuges deberán haber avanzado en el camino de la armonía. En caso contrario, su porvenir como pareja, se verá seriamente comprometido. Entre los progresos que han de realizar los cónyuges durante una luna de miel figuran en primera línea la intensificación del amor que los une y el perfeccionamiento de la comunicación entre ellos. Seguidamente, viene el aprendizaje del valor del compromiso, de ciertas formas de entrega, de la tolerancia y la comprensión. En resumen, después de una luna de miel, los cónyuges deberían amarse aún más, deberían ser capaces de decírselo todo, sin reservas, y de aceptarse tal como son.

El conflicto del presente

Muy a menudo no es por falta de amor por lo que se acaba la luna de miel, sino a causa de las presiones inevitables que la realidad impone a la pareja. Así como la etapa inicial tenía todos los rasgos de un estado de euforia sin límites, la siguiente etapa de la vida de la pareja está marcada por el conflicto con el presente, por el choque con la dura realidad. Generalmente, no se pasa de la etapa anterior a está directamente. Suele haber un periodo de transición. El final de la luna de miel y el inicio de un periodo de vuelta, en ocasiones brutal, a las realidades de la vida se sobreponen.

Son numerosos los indicios que indican que la pareja está iniciando esta nueva fase. En primer lugar, cada uno de los dos empieza, poco a poco, a reanudar sus contactos con el mundo exterior. Es decir, vuelven a ir a visitar con frecuencia a los padres o a los amigos, vuelven a preocuparse por el trabajo y vuelven el deseo de practicar ese “hobbit” que tenían medio abandonado. Pero, sobre todo, la pareja ha de tomar las primeras decisiones. Deben empezar a actuar de un modo concreto, para organizar una vida que responda a las expectativas de ambos y que, de momento, al principio de la relación habían dejado a un lado. Si todavía no viven juntos, buscarán piso y se preocuparan por arreglarlo. Si ya viven juntos, pasarán revista a la situación, buscarán otro piso si el que tienen no les va bien o empezarán a arreglar éste con el fin de adecuarlo a las necesidades y deseos de ambos.

La pareja inicia mucho antes “el conflicto del presente” cuando tiene que solucionar de común acuerdo un montón de cuestiones reales. Después de encontrar un sitio para vivir y de arreglarlo, a la pareja le aguardan otras tareas. Por ejemplo, lo más seguro es que haya que establecer un horario de comidas. Deberán distribuir las responsabilidades: comidas, compras y limpieza. Así mismo tienen que decidir cómo van a distribuir el presupuesto.

Asimismo, la mayoría de las parejas han de hacer un balance de sus relaciones sexuales y tomar las medidas necesarias para que ambos obtengan una plena satisfacción de sus deseos, pensar en la procreación y la anticoncepción. Queda todavía la cuestión de las relaciones sociales de la pareja: amigos comunes, amigos personales, padres, comportamientos como individuos independientes y como pareja. Igualmente han de ponerse de acuerdo sobre las cuestiones económicas y las medidas que se han de tomar en este sentido, sin olvidarse de abordar los objetivos profesionales de cada uno, examinando sus implicaciones e intentando llegar a un consenso a este respecto.

Los cónyuges deben, asimismo, ponerse de acuerdo lo antes posible sobre los detalles de su intimidad física: costumbres a la hora de dormir, en el cuarto de baño, cuestiones relativas a la limpieza, al vestido, actividades relativas a la intimidad y la desnudez, a los modales en la mesa y al reparto de las responsabilidades domésticas. Finalmente, la pareja no podría permanecer unida mucho tiempo si no hay un acuerdo entre ellos sobre las actitudes de cada uno con respecto a las ideas políticas o religiosas del otro, sobre el lugar que ocupará en su vida en común la profesión, la religión, la militancia política o la formación del uno y del otro.

Sería ilusorio creer que todos estos “problemas” de la vida de la pareja pueden solucionarse sin conflictos. En realidad, la superación común de las trampas que la vida cotidiana tienda la pareja, conduce fatalmente a la decepción, a la desilusión. El cónyuge deja de ser el ser perfecto y la relación con él se va alejando del concepto del amor ideal. Uno de los elementos esenciales de la relación de la pareja, que se pone a prueba en esta etapa de su vida, es su capacidad para resolver los conflictos.

En realidad, las diferencias que surgen en el “conflicto del presente” permiten tomar conciencia de las diferencias entre ellos mismos y, consecuentemente, permiten conocerse mejor individualmente y como pareja. Aún con la mejor voluntad, hay que admitir que seguirá habiendo tensiones y diferencias. Cuando los componentes de la pareja se niegan a aceptar sus divergencias, se encaminan por un peligroso sendero lleno de crisis frecuentes, que puede acabar en una ruptura definitiva.

Al no aceptar las diferencias, no pueden allanarlas y las frustraciones empiezan a acumularse. La pareja que, por el contrario, establece en la confianza y el diálogo un proceso eficaz de solución de los conflictos, puedes aspirar a un mejor porvenir. A este respecto, las parejas que salen mejor adelante son aquellas que no se quedan en las soluciones dadas y las respuestas tradicionales a los problemas. Usan su imaginación y buscan respuestas creativas.

Asimismo, cada uno tiene sus propias ideas sobre las soluciones que puede aportar cada vez que surge un conflicto. Por tanto, de nada sirve agarrarse desesperadamente a una solución, cuando la discusión está demostrando que ésta solo satisface a uno de los miembros de la pareja. La flexibilidad, la tolerancia y la imaginación aportan más armonía a la realización de la pareja que todas las ideas tradicionales preconcebidas.

El “conflicto del presente” representa, pues, una fase crítica en la vida de la pareja. Fuerza a ambos cónyuges a dar muestras de madurez, de realismo y de capacidad para comunicarse, es decir, de capacidad no solo para expresarse, sino también para escuchar, para sentir al otro. El “conflicto del presente” se hace sobre todo palpable durante el primer año de vida en común de la pareja. Algunos sucumben, siendo muy elevado en esta etapa el número de separaciones y de divorcios. Otros, por el contrario, superan las dificultades que conlleva la vuelta a la realidad y salen fortalecidos para afrontar la tercera etapa de la vida de la pareja.

Autor:

Gerardo Castaño Recuero, psicólogo especializado en “cómo superar una ruptura amorosa”.

Continuará: Etapas en la vida de la pareja (2ª Parte)

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