¡No tengo trabajo!

 

Hay en la vida diferentes circunstancias en las que nos encontramos sin trabajo. La primera ocurre por lo general al terminar la universidad, cuando inundados de teoría buscamos el lugar ideal para ponerla en práctica.

Por otra parte, la tendencia actual de las empresas a fusionarse, venderse o desaparecer provoca que el concepto de hacer una carrera dentro de una empresa cada día se aplique menos. Asimismo, las nuevas tecnologías de comunicación, la posibilidad de reducir personal y el trabajo a distancia.

Sin dejar de lado que ciertas cualidades que el jefe anterior valoraba, quizás al nuevo le resulten irrelevantes. Todo esto nos obliga a estar cada día más abiertos al cambio y a prepararnos mejor.

Cuando por alguna de estas razones no encontramos empleo o lo perdemos, por lo general sentimos frustración, reto, resentimiento o decepción, los cuales no son asuntos de fácil manejo. A esto hay que sumar que nos encontramos muy sensibles a cualquier comentario al respecto. Sin embargo, sólo en nosotros está decidir la actitud que tomaremos frente a esta situación.

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Según las observaciones psicológicas, podemos adoptar dos tipos de actitudes o reacciones frente a la desocupación.

El primer tipo de reacción: Es curioso observar que el síntoma más común no es un estado depresivo, como podría pensarse, sino un estado de apatía. Tal estado puede aumentar progresivamente la falta de interés y hacer que decaiga poco a poco la iniciativa, lo cual no deja de ser peligroso. Cuando estamos en esa circunstancia, por lo general nos sentimos cada vez menos capaces de tomarnos de la mano de alguien que nos pueda brindar ayuda para salir del círculo vicioso en el que estamos.

La apatía hace que experimentemos la vaciedad del tiempo como un vacío interno. Podemos sentirnos inútiles por el hecho de no tener nada qué hacer y también considerar que nuestra vida empieza a carecer de sentido. Por lo tanto, la desocupación se convierte en terreno fértil para otro tipo de frustraciones anímicas que además pueden buscar salida en nuestro estado físico: tendemos a enfermarnos más fácilmente.

Además, cuando nos encontramos sin empleo, cualquier excusa es buena para justificarnos, disculpar o echarle la culpa a quien sea de nuestra situación. Por ejemplo: podemos descuidar nuestro arreglo personal y el trato con la familia y los amigos puede hacerse ríspido; o podemos perder valor ante nosotros mismos. El riesgo de adoptar esta actitud consiste en que, como nadie nos exige nada, la consecuencia es que nada nos exigimos a nosotros mismos. Frases como "Ah, si yo tuviera trabajo, ¡todo sería diferente!" pueden aparecer con frecuencia en nuestra mente y eso no soluciona nada.

El segundo tipo de reacción: Aquí la actitud es diferente. Ante las mismas condiciones desfavorables del desempleo, nos rebelamos, nos ocupamos y evitamos caer en la apatía o la depresión y hasta cierto punto tomamos los hechos con un sano optimismo.

Enfrentamos el desempleo como una oportunidad de cuestionarnos y ver si el tipo de trabajo que realizábamos realmente nos llenaba o lo hacíamos sólo por conveniencia o por tradición familiar.

Mientras encontramos empleo, ocupamos el tiempo en una forma productiva para el espíritu, quizá haciendo lo que nunca antes tuvimos tiempo de hacer, como leer, tomar el curso de inglés o de computación que veníamos posponiendo, tocar un instrumento, escribir o trabajar voluntariamente en alguna organización para el bien de la comunidad.

El desempleo también puede servirnos para proyectar o planear el futuro y nuestra independencia para tiempos mejores. ¡Así que hay que sobreponerse! Levantarnos temprano todos los días, bañarnos y arreglarnos. Detalles que aparentemente no tienen importancia y sin embargo son vitales para generar un estado de ánimo positivo; y hay que mantener alto el espíritu para cuando la mala temporada pase.

Cuando nos presentemos a solicitar trabajo, vestiremos cuidadosamente y lo haremos con postura erguida, con seguridad y orgullo en nosotros mismos. Y con una real disposición para trabajar. En pocas palabras, nos ocupamos y con ello damos un sentido a nuestra vida.

Como podemos ver, cuando nos encontramos en esta situación de paro forzoso, tenemos la libertad de decidir por nosotros mismos la actitud que tomaremos: o bien la encaramos de manera apática y derrotista o tomamos las riendas y la enfrentamos con optimismo.

A manera de Víctor Frankl: "No soy responsable de las circunstancias, pero sí de la actitud que tomo frente a ellas".

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