Cómo decirlo bien

 

¿No le gustaría ser como los actores de las películas?, siempre saben qué decir y todo lo expresan en forma simpática y atinada, ¡nunca hablan de más, ni dicen tonterías! Su diálogo es perfecto. A mí me encantaría ser así, sólo que en la vida real no tenemos un guión, pero la buena noticia es que lo podemos crear.

 

A veces pasamos por situaciones difíciles como cuando tenemos que reconocer un error, dar una mala noticia, consolar a un ser querido, pedir un favor o felicitar a un oponente, y en esos casos lo que decimos y cómo lo decimos es ¡muuuy importante!

En situaciones como éstas por lo general el cerebro se nubla, la lengua se enreda y nos arrepentimos al escuchar las palabras torpes que salen de nuestra boca.

Hablar con alguien de un asunto importante causa angustia y no falta quien te dé un consejo como: ¡sólo sé tú mismo, no lo pienses mucho!, di lo que se te ocurra, déjate llevar por tus sentimientos... Tenemos la idea de que ser honestos equivale a ser espontáneos y que entre menos lo pensemos, mejor nos saldrá todo... grave error, ¡cuántas veces me he arrepentido de hacer esto!

¿Por qué pensar antes de hablar?, ¿no se supone que sentimos lo que estamos diciendo y que los sentimientos deben ser espontáneos? El pensamiento es lo que nos hace diferentes al resto de los animales, por eso podemos afirmar que hablar con el corazón está directamente relacionado con lo que pensamos.

Las habilidades que llegamos a adquirir sin duda son una combinación de talento y esfuerzo; sería muy práctico que todos pudiéramos correr como Ana Gabriela Guevara, que cantáramos como Pavarotti o jugáramos golf como Tiger Woods.

Nos encantaría poder persuadir con palabras a nuestro hijo, a nuestro jefe o pareja en forma natural, sin embargo, no es tan sencillo porque el buen uso del lenguaje es algo que aprendemos. Sin embargo, todos podemos lograrlo si hablamos desde el corazón y usamos la cabeza.

Es de mala educación hablar con la cabeza vacía.

Éstos son algunos consejos de los expertos:

1. Recuerde que hablar honestamente no significa hablar sin pensar.
2. Quitémonos de la cabeza la idea de que lo espontáneo es lo mejor, no sólo está bien prepararnos para hablar, sino que es la única manera de hacerlo bien.
3. Pensemos que no basta saber qué quiero decir, sino saber escoger las palabras adecuadas, primero tenemos que aclarar ¿qué es lo que quiero decir?

Para hablar del corazón, se requiere esfuerzo y orden; es tan sencillo como hacer una lista de puntos acerca del tema o problema que queremos tratar. Escriba en un papel Punto A: lo que sé, y anote todo lo que se refiera a ese asunto; Punto B: lo que necesito saber, para discutir mejor el Punto A. Después, en otro papel, apunte Punto C: las objeciones, aquí escriba todos los posibles argumentos que el otro le pueda dar; y por último, en otro papel ponga Punto D: respuestas, haga un boceto de lo que puede contestar a cada probable objeción.

Una vez que hacemos este análisis, ya tenemos los elementos necesarios para construir una plática, escribir una carta o redactar un memorándum. En pocas palabras, sabremos qué es lo que queremos decir y lo que necesitamos para que nuestra comunicación sea más efectiva.

Algo muy importante es recordar que entre más sencilla y clara sea nuestra propuesta, la otra persona podrá captarla mejor, por esto la preparación es básica para evitar caer en esos típicos laberintos mentales y verbales que sólo confunden a todos: es que yo pensé que tú creías, y que yo entonces dije, porque a mí me habían dicho, y entonces... ¡qué horror!

Después de haber hecho la lista, lo siguiente es revisar cada punto y preguntarnos qué pienso yo de cada uno de ellos:

¿Cómo me siento respecto al problema, tema o cuestión?
¿Qué quiero obtener al negociar cada punto?
¿Qué necesito hacer yo y qué necesitan hacer los otros?

Es importante recordar que al comunicarnos lo mejor es hablar con palabras que unan, como nosotros o nuestro, y evitar las que dividen, tú, yo o ustedes. Asimismo, debemos procurar que la plática se centre en los beneficios que la otra persona va a tener.

Durante la conversación, evitemos a toda costa que se sienta que al final va a haber un ganador y un perdedor, utilicemos palabras agradables al oído como admiro, el mejor, experiencia, agradecido, ayuda, generoso, amor, progreso, orgullo, ingenioso, honor, esperanza, ejemplo, ética o contribuir.

Por otro lado, evitemos esas palabras que con sólo escucharlas desaniman, como absoluto, en contra, enojado, política de la compañía, trampa, desastre, escape, fracaso, renuncia, obligatorio, estricto, tonto, accidente, aniquilado, retiro, obedecer o injusto.

También recordemos que en la comunicación ocupan un lugar muy importante nuestros gestos, tono de voz y lenguaje corporal. Así que atrevámonos a quitarnos las máscaras, a relajarnos antes de hablar, a escuchar con compasión y sobre todo, a abrir nuestra mente y nuestro corazón para enriquecer las relaciones al decir las cosas bien.

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