El padre de Europa.

Carolus Magnus, más conocido como Carlomagno, fue hijo de Pipino el Breve y de Bertrada de Laon. Nació en Aquisgrán (Alemania) en el año 742. Fue rey de los lombardos, los francos y emperador del Sacro Imperio Romano.

Sucedió en el trono a su padre y a la muerte de su hermano Carloman I, reinó y consolidó las relaciones paternas con el papado romano. Se convirtió en un firme defensor del papa, luchó contra los musulmanes que ocupaban toda la península Ibérica y sufrió una dolorosa derrota en Roncesvalles, donde perdió gran parte de su ejército y a su capitán Roldán.

Carlomagno luchó contra los eslavos, los sajones, conquistó Italia y fundó el Sacro Imperio Romano Germánico. En el año 800, el papa Leon III le coronó Imperator Augustus. Hoy en día Carlomagno es considerado el padre de Europa, pues asentó los cimientos de lo que hoy es nuestra Europa occidental.

Coronación en Roma. Año 800.

Según cuenta Eghinardo, cronista de Carlomagno, el 25 de diciembre del año 800, en la basílica romana de San Pedro Apóstol había terminado la misa de Navidad. Carlomagno rezaba con la cabeza inclinada, y entonces, para sorpresa de los feligreses, el papa León III, se acercó con la corona Imperial en las manos y la ciñó en la cabeza del rey. El pueblo asombrado, y siempre según la ingenua descripción de tan espontánea coronación, gritó:

¡A Carlomagno, piadoso augusto, por Dios coronado, grande y pacífico emperador, vida y victoria!

A continuación el papa se puso de rodillas delante del recién coronado emperador y le rindió pleitesía. Todo nos hace suponer, que la coronación, ni fue tan espontánea, ni pilló por sorpresa a Carlomagno. En realidad, el gesto realizado por León III, era un anhelo común, buscando la unidad de Europa, bajo el mando único de un Emperador.

Coronación de Carlo Magno

Canonización de Carlomagno.

La figura de Carlomagno, adquirió unas dimensiones tan míticas, que muchos años después de su muerte, en 1165, por orden del emperador Federico Barbarroja, fue canonizado por el arzobispo de Colonia.

Años más tarde, en 1345 se introdujo el culto a San Carlomagno, tras un decreto del obispo de Gerona. El día 28 de enero fue consagrado a San Carlomagno, y éste fue declarado patrón de los estudiantes.

No cabe la menor duda de que la figura política de Carlomagno fue majestuosa, y su aportación a la unificación europea fue inmensa. Los cronistas de la época, se cuidaron con astucia de ocultar sus defectos, que fueron muchos y pronto salieron a la luz. Cuando esto ocurrió, el papa Sixto IV no confirmó su santidad y retiró su celebración del calendario, por la mala imagen, que hubiera supuesto conservar un santo tan poco ejemplar.

¿Cómo era Carlomagno?

Carlomagno ha pasado a la historia, totalmente mitificado, como el gran padre bondadoso de Europa, el padre bueno y sabio de la barba florida. Pero, si investigamos los escritos de su cronista Eghinardo, “Vita et gesta Caroli Magni” y “Anales Regnum Francorum” podemos encontrar un Carlomagno muy diferente al que la historia ha tratado de preservar. Así mismo en las crónicas de Notker el Tartamudo y Theodulfo, encontramos una aproximación mucho más cercana a la figura real del magno emperador.

Carlomagno tenía una cara redondeada, simpática, generalmente alegre. Sonreía con frecuencia e iba por lo general bien afeitado. En esta descripción ya pierde su abundante y patriarcal barba, que le ha hecho pasar a la historia como “el emperador de la barba florida”.

Era un hombre corpulento de casi dos metros de estatura. Tenía unos ojos grandes, brillantes y vivarachos. Llevaba, según la moda de la época un largo bigote. La comida era su debilidad, y, a fuerza de sucumbir al pecado capital de la gula, amansó un enorme y prominente abdomen.

Su voz le traicionaba, y al hablar, cuando los oyentes esperaban una recia voz varonil, propia de aquel corpachón, se encontraban con una fina voz, inapropiada para su rango y masculinidad.

Un hombre inteligente que no sabía escribir.

Carlomagno, fue un hombre inteligente, que practicó el dicho de “que no es más sabio quien tiene muchos conocimientos, sino el que se sabe rodear de muchas personas sabias”. Esto viene a cuento, porque Carlomagno era un hombre de rudos modales que apenas si sabía escribir. Sin embargo se rodeó de sabios, como el sajón Alcuino y el lombardo Paulo.

El hecho de su analfabetismo es bastante sorprendente, pues había estudiado retórica, cálculo y dialéctica. Conocía la astronomía, pero al parecer, sus manos de fiero guerrero nunca fueron dóciles para manejar la pluma. A pesar de sus mayores esfuerzos, sólo conseguía dibujar garabatos a la hora de estampar su regia firma en los documentos.

Este hecho, parece ser que acomplejó bastante al emperador, pues según nos cuenta su cronista Eginhardo, dormía con un pergamino bajo la almohada, para practicar la escritura en todos sus ratos libres. No cabe duda, de que en su noble empeño por aprender a escribir, tuvo más voluntad que éxito.

Sin embargo, aunque hablaba habitualmente el bajo alemán, podía hablar con fluidez en latín y entendía bastante bien el griego. Fue un hombre austero en su forma de vestir, pues sólo se le conoce un exceso de lujo en sus vestimentas, el día de Navidad en que León III le coronó Emperador.

Aficiones del Emperador.

Tuvo una salud excelente y fue un hombre muy trabajador. Le gustaba practicar la caza con sus amigos y organizaba impresionantes cacerías. Era un excelente jinete, que cabalgaba con alegría seguido por un séquito de pajes, ojeadores, halconeros y  nobles de la corte.

Fue un gran aficionado a algo, realmente insólito en su tiempo. Al emperador le encantaba la natación, y no tenía ningún reparo en sumergir su enorme humanidad en las aguas termales que rodeaban su castillo. Sin embargo, no le gustaba practicar esta afición en soledad y exigía a sus guardias y acompañantes que se metieran en el agua con él. Eginhardo nos cuenta, que no era ninguna rareza ver al rey sumergido en las aguas termales (así combatía los ataques de gota) con más de cien personas de su séquito bañándose a su alrededor.

Hasta los 68 años gozó de una buena salud, y solamente su gula desmedida le ocasionó numerosos ataques de gota úrica. Por otra parte, los consejos de sus doctores, que le aconsejaban moderación a la hora de engullir carnes asadas, cayeron en saco roto.

La familia de Carlomagno.

Según todos los testimonios que se conservan de la época, Carlomagno fue un hombre apacible y bondadoso, con un carácter bastante sentimental. Gustaba disfrutar de los pequeños placeres de la vida, pero la gula fue su gran defecto y la fuente de sus enfermedades, en forma de ataques de gota, por exceso de ácido úrico.

Se casó cuatro veces. Su primera esposa fue Desirée, a quién terminó repudiando tras tener con ella una niña, Amaudru, y un niño, Pipino el Jorobado.

Se casó de nuevo con la bella Hildegarde, que obsequió al emperador con nueve hijos: cinco varones (Carlos, Pipino, Adalhaid, Luis y Lotario) y cuatro hijas (Rotruda, Berta, Gisela e Hildegarda).

A la muerte de su esposa se casó con Fastrada, de la que tuvo dos hijos. Ya en su vejez, se casó por cuarta vez, con Luitgarde, de la que no tuvo ningún hijo.

Pero su carácter era tan bondadoso y bonachón, que cuatro esposas no fueron suficientes, para repartir tanto amor como albergaba su corazón soberano, por lo que tuvo al menos cinco concubinas conocidas, que le dieron siete hijos más. En total, veinte voraces y feroces hijos dispuestos a luchar por la herencia paterna.

La muerte del Emperador.

Un frío día del mes de Enero del año 814, sufrió un fuerte acceso febril, al salir de su acostumbrado baño. El emperador guardó reposo por orden de los galenos de la corte, pero la fiebre no disminuía y además le apareció un fuerte dolor en el costado. Eginhardo nos aclara respecto al dolor en su costado que era “aquello que los griegos llaman pleuresía”.

La pleuresía es una inflamación de la pleura, que se acompaña de un derrame serofibrinoso. En aquella época la causa más frecuente de pleuresía era la tuberculosis. Produce un dolor a “punta de costado” que se suele acompañar de tos constante, seca, irritativa y no productiva (“tos pleural”).

Carlomagno, consciente de su gravedad, tras siete días sin experimentar ninguna mejoría, pidió los santos sacramentos y “después de haberlos recibido expiró en paz, lleno de alegría y después de una vejez feliz”. El emperador tenía 74 años en el momento de su muerte.

Sus funerales fueron de suma sencillez y se celebraron en el mismo día de su muerte. Su cuerpo, vestido con su traje de Emperador se introdujo en un antiguo sarcófago. Ese día acababa su vida pero comenzaba la leyenda que inspiraría todo un ciclo de literatura.

Su obra fue el motivo de inspiración de odas, poemas, romances y epopeyas, que constituyen lo que se ha dado en llamar la literatura carolingia. De todas estas obras, la más destacada es “La Chanson de Roland”, (El cantar de Roland) epopeya que narra la salida de las tropas de Carlomagno de la península Ibérica por el paso de Roncesvalles. Allí fue atacada la retaguardia de su ejército por los vascones, muriendo en la refriega célebres personajes, entre ellos Roland, que dio nombre al célebre cantar.

Tras su muerte Carlomagno se convirtió en un personaje legendario, el anciano bondadoso de barba florida, el emperador que luchó por el sueño de una Europa fuerte y unida. Esta es la imagen que aún perdura y que ha llegado hasta nosotros.

 

Autor: Gerardo Castaño Recuero - Nuestro Psicólogo en Madrid.

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