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Una hora tiene 60 minutos siempre.

Pero dependiendo de muchos factores, esos 60 minutos pueden ser larguísimos, o quedarse en un suspiro.

 

Dependiendo de factores como los momentos personales que atraviesas, la edad, la agenda que tengas, el ritmo de vida al que vas llegando, etc…esos minutos se alargan mucho o se acortan espantosamente.

Recuerdo que cuando era una niña, los años se me hacían larguísimos, eternos y no tenía medida del tiempo. La medida la marcaba, las horas de ir a la escuela, las horas de merendar o las de ir a llevar el pan a la abuela María y en verano las odiosas siestas y la hora de ir a recoger las manzanas que se caían al suelo. Y casi siempre esos momentos, más que por las horas venían marcados por otras formas de “sentir” el tiempo. Eran olores a humo, a manzanos, etc… Eran las luces del atardecer, o de la mañana luminosa. Pero no eran, ni mucho menos, las manecillas del reloj las que guiaban mi vida. No sé si era más feliz o menos, pero no recuerdo haber llevado reloj en la muñeca hasta casi los 12 años.

– He hecho este inciso personal, para intentar explicar cómo siendo la misma unidad de medida (una hora también entonces eran 60 minutos) ahora la vivo de forma diferente, y ahora sí, a golpe de manecillas de reloj.-

Cuando tienes 20 años el tiempo es algo que te sobra, tienes toda la vida y el mundo por delante. Te sientes casi inmortal. Puedes ir “aparcando” cosas, porque seguro que vas a tener tiempo para todas ellas, y ahora has de dedicarte a vivir intensamente, a “comerte el mundo”, porque el tiempo y la fuerza te sobran. Eso es, en esencia, ser joven y mayoritariamente bastante inmaduro o inmadura por falta de reflexión.

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Cuando tienes unos cuántos años más ya el tiempo cobra otra dimensión. Estás en tu trabajo seguramente agobiado o agobiada por el paso de los minutos que se hacen cortos. Pero quizás la actitud vital con respecto a la visión general de la vida, ya ha cambiado. Ya seguramente es más sosegada a pesar de que nuestros trabajos, y nuestras formas de vivir estén inmersas en el torbellino de no tener más que 24 horas cada día. Seguimos teniendo la sensación de seguir teniendo mucho tiempo por delante, aunque ya empezamos a sospechar que no es eterno, y que por tanto no hay que ir “aparcando cosas”, hay que ir haciendo lo que de jóvenes fuimos aparcando, si realmente seguimos queriendo llevarlo a cabo. Aunque es en esta etapa en la que más veces, seguramente nos descubriremos a nosotros mismos decir aquello de “es que no tengo tiempo para nada”, pero todas y todos sabemos que si lo buscamos, lo encontramos. Es una falsa excusa y seguramente todos y todas lo sabemos.

Cuando se entra ya de pleno en la madurez, a partir de los 55-60 años, he observado cómo hay personas que ya han aprendido a decir frases del tipo “no me hagas perder el tiempo, que no me queda tanto”. Eso me hace sospechar que lo valoran de forma completamente distinta. Que para ellos es un bien muy preciado y que no se pueden permitir “perderlo” haciendo nada que no deseen hacer. Supongo que ya han descubierto que, al haber atravesado la mitad de lo que sería su ciclo vital, comienzan a percibir que el “final” del tiempo se acaba y por eso lo viven de forma, creo, que mucho más plena.

Creo que para estas personas el tiempo es un camino que ha de ser recorrido con tranquilidad, gozando de las cosas que les hacen ser más felices. Mirando al mundo con una sonrisa sosegada al saber que muchos de ellos y ellas son poseedores, en alguna medida, de uno de los mayores tesoros que puede tener el ser humano: el placer de vivir haciendo las cosas que se quieren hacer, diciendo las cosas que se quieran decir, y amando como se quiere amar.

Cada minuto vivido de esta manera, seguro que para muchos y muchas de nosotras sería toda una vida. Por eso me pregunto muchas veces, ¿merece la pena ser esclavos y esclavas de las manecillas de un reloj? Al final, cuando se acabe el tiempo, seguramente lo lamentaremos.

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