Con el enamoramiento comienza el
“renacimiento”, hay una nueva forma de observar
el mundo, un margen de esperanza en el intrincado
laberinto de las pasiones y de los deseos.
“Yo, atendiendo únicamente
a la llamada de mis sentimientos, abrazo la posibilidad
de un amanecer irrepetible, que abrirá sus
ojos para presenciar la escena de la dicha de quienes
aman. Antes de que el último rayo desaparezca,
compartiré mis sueños contigo. Así
es mi deseo. Y no he de rechazar esta brillante
idea, que se apodera de mí, y la hago mía,
antes de que mi mirada se pierda en la densidad
del horizonte”.
Quien se dice sentir bajo los efectos
de dicho proceso repite estas palabras, y con ellas
comienza a creer que ante su mirada se abren las
puertas que dan acceso a la posibilidad de amar,
porque ya está bebiendo sus jugos, antes
incluso de que haya sido capaz de dirigirse hacia
su fruto ansiado, antes, incluso, de haber experimentado.
Y sin planteamiento previo, lejos
de cualquier argumentación racional, un gran
número de personas en todos los rincones
del mundo, va descubriendo la existencia del amor...
¿Hasta que punto somos capaces
de mitificar esta sucesión de hechos?. ¿Hasta
que punto nos dejamos arrebatar por una experiencia
supuestamente superior a nuestras fuerzas?.
La respuesta la encontramos en la
misma esencia que otorga una gran fuerza a este
sentimiento. Una fuerza que se sostiene en una absoluta
fidelidad que forma parte de la creencia.
Pero la constancia se debilita. A
nuestro alrededor el escepticismo parece tener con
el tiempo una mayor presencia de adeptos. Parece
ser que se va generando en nuestro entorno cierta
actitud de recelo, un convencimiento de que existe
otra realidad que poco o nada tiene que ver con
los mitos que hasta ahora han estado presentes en
tantos hogares.
Podríamos decir que, en realidad,
las vivencias que transcurren en el día a
día no coinciden con la puesta en escena
que se había venido estableciendo hasta no
hace mucho tiempo.
El cambio nos sorprende cuando intentamos
perfilar el ritmo cansino que lleva el universo
de los sentimientos. Y la historia nos delata que
la construcción amorosa no ha sido una y
única, sino que dependiendo del momento histórico
nos encontramos con sucesivas transformaciones que
han posibilitado que cada cultura tenga su propia
identidad.
Al margen de que sean las propias
experiencias personales las que van posibilitando
que haya infinidad de concepciones respecto a esta
emoción, ello no impide que podamos ir diseñando
un marco en el que se puedan observar nuevas articulaciones
en las relaciones sociales. Es decir, nuevas formas
de vivir el amor y la sexualidad.