LA
VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES
Y La violencia está estrechamente relacionada
con la desigualdad de género. La investigación
feminista ha puesto de manifiesto la relación
que hay entre la violencia y las formas culturales
de considerar a las mujeres inferiores a los
hombres (Millett, 1970; Saltzman, 1992). La
violencia contra las mujeres es resultado de
la idea de superioridad masculina y de los valores
que se reflejan en el código patriarcal.
La esencia del código patriarcal es una
representación de la masculinidad a través
del dominio sobre la mujer. La idea de jerarquía
sexual y la identificación de la virilidad
con la superioridad masculina sobre la mujer,
lo que en el ámbito popular se ha llamado
machismo, están intrínsecamente
unidas a la idea de que es legítimo imponer
la autoridad sobre la mujer, incluso mediante
la violencia. A las mujeres se las considera
como seres inferiores a los que se puede usar,
despreciar e incluso maltratar. El machismo,
término de profundo arraigo hispano,
ha pasado a referirse internacionalmente a las
ideas de superioridad masculina y al miedo,
entre los hombres, de mostrar cualquier rasgo
de conducta que tenga connotaciones femeninas.
A mayor nivel de desigualdad
en el reparto de funciones y de responsabilidades
y a mayor desequilibrio en cuanto a participación
en la toma de decisiones entre los géneros,
mayor es el poder que se ejerce sobre las mujeres
y mayor es el riesgo potencial que éstas
tienen de sufrir violencia.
Hay un sentido circular de
la relación entre violencia e inferioridad
femenina: el hecho de que los hombres recurran
a la violencia hace que las mujeres se sientan
inferiores; y la idea de inferioridad de las
mujeres refuerza la posibilidad de recurrir
a la violencia contra ellas.
El machismo conlleva la idea de superioridad
de las cualidades masculinas más estereotipadas,
como la fuerza y la agresividad, y empuja a
los hombres a demostrarlas. El despliegue de
actitudes machistas viene obligado por la necesidad
de demostrarse a sí mismo y a los demás
que se es un hombre (Morilla, 2001). En la socialización
de los niños se advierte como muchas
de estas actitudes se les imponen aun en contra
de sus preferencias
pacíficas o su carácter tranquilo.
En la edad adulta, esta demostración
de ser «un hombre» puede cobrar
importancia en la imposición violenta
sobre las mujeres.
Muchos de los rasgos que se
identifican con la masculinidad son grandes
cualidades, siempre que no degeneren en abuso
de poder sobre los otros.
La violencia contra las mujeres
es el resultado de las relaciones de dominación
masculina y de subordinación femenina.
El poder de los hombres y la subordinación
de las mujeres, que es un rasgo básico
del patriarcado, requiere de algún mecanismo
de sometimiento. En este sentido, la violencia
contra las mujeres es el modo de afianzar ese
dominio.
La violencia de género no es un fin en
sí mismo sino un instrumento de dominación
y control social. Y en este caso se utiliza
como mecanismo de mantenimiento del poder masculino
y de reproducción del sometimiento femenino.
La violencia de género
trata de domesticar a la mujer, de hacerla someterse
sin que se escape, por eso es un obstáculo
a la autonomía y libertad de las mujeres.
Cuando se recurre a la violencia no se desea
romper con la mujer sino que se desea mantener
el lazo que la sujeta. Se trata de obligar a
la mujer a un comportamiento determinado, a
una sumisión sin escapatoria.
Este tipo de violencia se
acompaña de mecanismos psicológicos
de manipulación como son el evitar que
se pongan de manifiesto los intereses contrapuestos
y evitar en lo posible la manifestación
del conflicto. La manipulación y el mantenimiento
de una cultura que silencia la participación
de las mujeres forma parte del cuadro general
del patriarcado.
La violencia doméstica
Inés Alberdi-Natalia Matas
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