El agradecimiento te engrandece

 

Dar las gracias es una costumbre que se está perdiendo en los espacios urbanos de las grandes ciudades. Igualmente ocurre con la práctica de pedir perdón a los demás por cualquiera de las acciones personales por las que pudiéramos haber violentado su espacio vital.

 

Y la verdad es que, perdiendo esto, perdemos mucho. En especial, perdemos la capacidad de considerar al otro como a un yo, requisito indispensable de la civilización humana. La capacidad de admiración emocionada por el prójimo.

Lejos de ser humillante, dar las gracias engrandece el corazón de quien las da y construye puentes a la convivencia. El agradecimiento es uno de los dones de la verdadera nobleza de corazón. Los creyentes, están agradecidos con Dios por la creación; los no creyentes, están agradecidos con el mundo, por la posibilidad de sobrevivir, ambos con la humanidad, pues a sus lomos hemos venido caminando, progresando, haciendo más cosas, más fácilmente, alargando nuestra esperanza de vida.

Siempre, Siempre, Siempre, hay algo por que dar las gracias.

Siempre, Siempre, Siempre, hay algo por que dar las gracias.

Y el agradecimiento funda una estética

La belleza de una comunicación que antepone al otro al interés meramente personal. Cuando salimos del yo para detectar las necesidades de los que nos rodean, somos libres. El egoísmo, es decir, la cárcel de hacer al yo el mundo, nos hace esclavos. Nunca el egoísmo ha construido civilización, cultura o ciudadanía. Ha sido la belleza del acto humanitario la que ha fundado lo mejor de nuestra especie.

Incluso cuando se repite mecánicamente el agradecimiento, se crea una atmósfera favorable a la relación humana. Pienso, por ejemplo, en el microcosmos de una tienda de autoservicio. Uno comienza a sentirse ser humano (y no un simple objeto de consumo) cuando los dependientes de la misma lo ayudan, lo guían, le agradecen que esté ahí (y no en la tienda de la competencia). La compra se convierte en una satisfacción y la satisfacción en un sentimiento de devolverles la sonrisa a los demás.

Crear una cultura del agradecimiento no está -ordinariamente- en los manuales de las empresas, en sus técnicas de venta o en sus investigaciones de mercado. Tampoco, por supuesto, entre la jerarquía del poder político o económico. Pero debería estar ahí, ocupando un lugar de preferencia: agradecer al cliente, al votante, al consumidor su asidua confianza, su lealtad, su participación para el éxito comercial, político, electoral de esta empresa, de cualquiera que ésta sea.

Y una cultura del agradecimiento es, desde luego, una cultura de la coherencia. No darle gato por liebre al consumidor o al elector. Establecer con él un compromiso innegociable, retener su fidelidad mediante el otorgamiento de una función bien realizada, sin saludar con sombrero ajeno, sin engañar y sin mentir. La simulación ha sido el gran lastre de nuestra identidad nacional.

Podría superarse mediante el acceso al agradecimiento constante. Quien agradece de corazón no simula, no hace como que hace, se entrega sin cortapisas al otro. Y rememora el acto fundacional de la sociedad: un pacto verbal entre todos para protección de todos, en especial, de los más débiles.

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