No hay quien no lo haya sentido

 

Parece ser que en los inicios de la humanidad el miedo, como el estrés, cumplía una función imprescindible para la supervivencia: la de mantener al individuo alerta ante posibles peligros. Sin embargo, en nuestros días el miedo excesivo es fuente de problemas para mucha gente.

El miedo es una emoción básica de reacción ante un peligro, ya sea real o imaginario, que perturba el estado de ánimo. Se trata siempre de una situación subjetiva, que surge por lo general ante situaciones desconocidas o difíciles de controlar, y que desaparece a medida que esta situación se hace conocida.

Así, un domador de circo puede acercarse sin reparo a sus leones, o un piloto coger el mando de su avión, o un bombero puede acercarse al fuego: situaciones que para el común de los mortales pueden resultar terroríficas, para ellos son habituales y, por lo tanto, le han perdido el miedo.

Cuestión de grado

El miedo se vuelve problemático cuando empieza a ser demasiado intenso o a escapar del control consciente de la persona. Así es como aparecen las fobias, que es como se conoce a los miedos irracionales, desproporcionados y obsesionantes hacia un objeto, situación, persona o actividad. Suelen ir asociadas a crisis de pánico súbitos arranques de miedo o ansiedad incontrolables en las que determinada situación o causa física hace pensar en la posibilidad de morir inmediatamente.

El miedo es una muralla que separa lo que eres de lo que podrías alcanzar a ser.

Poco tienen que ver con el miedo normal que puede sentir cualquiera cuando le dan un susto o presencia una situación temible. Muchos estudiosos del tema coinciden en afirmar que el miedo no es algo que pueda eliminarse a voluntad. El único medio para curarlos es aceptar su existencia, hacerse consciente de su existencia y comprender el mensaje que encierran. Y es que la mayoría de los miedos no son más que el síntoma de algún otro mal.

Cómo eliminarlo

El terapeuta Gavin de Becker, en su libro El valor del miedo, propone dos reglas para eliminar el miedo: la primera de ellas es tener en cuenta que ”el hecho de temer algo es señal de que no está sucediendo”: si se teme acercarse a un barranco por miedo a caerse, tal caída no va a suceder, puesto que el miedoso no se acercará nunca. Por otro lado, hay que tener en cuenta que ”lo que se teme casi nunca coincide con lo que se piensa que se teme” y es que los miedos “superfluos” esconden muchas veces, como ya hemos dicho, otros miedos o bien otros males más profundos.

Origen de los miedos

El miedo crónico se va incubando generalmente en las fases tempranas de la vida de la persona. En el hogar del miedoso suelen coincidir varias circunstancias: un padre o madre con todo un ”despliegue de miedos”, preocupaciones, ansiedades, obsesiones, etc.

Además, son frecuentes los casos de miedosos compulsivos que de pequeños fueron sobreprotegidos o tratados como personas muy frágiles debido a alguna enfermedad o pequeño problema físico. Frecuentemente también, la familia ha impedido al miedoso pasar tiempo solo durante su infancia: porque los padres necesitaran compañía, porque confundieran soledad y aburrimiento, por un excesivo sentido de la unidad familiar…

Estas personas suelen ser presas durante su edad adulta de violentas reacciones fóbicas: el pulso se acelera, la sudoración aumenta, se seca la boca y sobrevienen incluso vómitos y desmayos. El fóbico piensa que va a perder el control y quiere huir a toda costa. Esto a veces es materialmente imposible (como cuando se viaja en un avión), con lo que se crea un auténtico círculo vicioso. Estas fobias no son cosa de broma, ya que se convierten en un verdadero infierno para quien las padece, produciendo continuo malestar y angustia.

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