Cada vez con más frecuencia, los niños desarrollan miedos y fobias patológicas que dan lugar a estados de ansiedad que pueden hacerse crónicos. En estos casos, el diagnóstico precoz y la intervención de un psicólogo son fundamentales.

La ansiedad es una reacción natural a lo que nos parece extraño y que puede convertirse en una amenaza; los bebés, por ejemplo, la viven ante los desconocidos. Aunque no deja de ser una experiencia natural -como el miedo, la tristeza o la soledad- hay situaciones o comportamientos que pueden hacer de esa sensación algo desagradable e incluso convertirla en una entidad clínica. La ansiedad como patología afecta a un 15% de la población infantil y adolescente, y representa un 30% de los problemas psicológicos de este sector de la población.

Según Jaime Rodríguez-Sacristán, catedrático de Psicología Infantil de la Universidad de Sevilla, la ansiedad patológica se caracteriza por un miedo desproporcionado a la realidad ante situaciones de amenaza real o imaginaria. Dos son las formas más comunes de este problema: el temor a separarse de los padres e ir al colegio. Aunque casi todos los niños se han negado alguna vez a dejar a su madre o acudir a clase, cuando este hecho se repite hasta hacerse habitual habrá que indagar cuáles son las verdaderas razones.

La ansiedad en los niños

Los síntomas no siempre se perciben con facilidad, sobre todo porque suelen somatizarse y convertirse en dolor abdominal, náuseas, vómitos, cefaleas, palpitaciones, sudoración, temblor, mareos y llanto incontrolado. En lo referente al origen de la ansiedad, las causas son muy variadas: pueden ser genético-hereditarias, deberse a factores temperamentales (los casos aumentan en niños tímidos) o a factores ambientales (bajo nivel cultural, problemas económicos, divorcios, drogadicción de uno de los padres, etcétera).

Expectativas y exigencias

Muy a menudo el fundamento de este problema es el alto nivel de exigencia hacia los hijos. Si se plantean una serie de objetivos que el niño no puede alcanzar, estos le provocarán inseguridad y miedo por su incapacidad y por la reacción de los padres. Por ello, es necesario replantearse las expectativas que tenemos para los niños, que muchas veces se relacionan con el excesivo número de actividades extraescolares a las que tienen que hacer frente. Los niños necesitan tiempo libre para dedicarse a jugar.

La media jornada escolar supone un serio problema para los padres, pero no hay duda de que beneficia a los pequeños, siempre y cuando no sirva para cargarles con nuevas tareas.

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