Y ahora... ¿qué digo?

 

Seguro le ha pasado: Está en una reunión social o de trabajo y le presentan a una persona. Ustedes se dan la mano, intercambian miradas y, con una sonrisa, dicen: "mucho gusto".

Enseguida se hace un silencio sepulcral... Rápido buscamos en el archivo mental pero no encontramos ningún tema que disminuya nuestra incomodidad. Con disimulo, respiramos hondo...

Mientras nuestra mirada se va perdiendo en el infinito, vemos cómo nuestro interlocutor voltea hacia la mesa de los canapés o busca en el salón a otra persona que, al menos, aparenta ser más interesante.

Quisiéramos que nuestra plática hubiera sido tan amena como para poder captar su atención. Desearíamos que nuestro interlocutor pudiera darse cuenta de lo cultos y fascinantes que somos. Pero no lo conseguimos.

En otras ocasiones, lo que experimentamos es una terrible frustración por no haber conseguido conectarnos con alguna persona a la que acabamos de conocer y que llegó con mucha energía y nos inundó con conocimientos, datos y entusiasmo cuando nosotros apenas estábamos tratando de adaptarnos al ambiente. O, al contrario, cuando nos la presentan en el momento en que estamos saliendo de prisa porque ya vamos tarde. Sin importar lo interesante que pueda ser la persona, en ese momento NO podemos ni queremos escucharla.

iniciar una conversación

Es seguro que a todos nos gustaría agradar a primera vista

Y conseguir que nuestras palabras fueran amables a los oídos de quien nos escucha porque con ellas damos el mensaje: "Eres bienvenido" o "Mejor vete". Una buena forma de hacer sentir bienvenidas a las personas es aplicando el arte de la plática ligera, o como los americanos le llaman, "small talk".

Es curioso ver cómo algunas personas, que en otras circunstancias son temerarias, atrevidas y que no se intimidan fácilmente, cuando están en una reunión en la que no conocen a nadie, de pronto se comportan como niños desubicados y ni pensar que se atrevan a participar en una "small talk".

Si esto le suena familiar, no se preocupe. Los estudios demuestran que entre más brillante e inteligente es la persona, más detesta la plática ligera.

El secreto para iniciar una plática y una amistad de manera natural no radica en las palabras que digamos sino en la forma como las decimos.

Se trata de armonizar, de componer una melodía de palabras sencillas que permitan que nuestro interlocutor se relaje y se sienta en confianza. Para esto es necesario, antes que nada, empatarnos con el estado de ánimo de la persona.

 

La próxima vez, en lugar de ponernos a hablar sin ton ni son, escuchemos el tono de voz de la gente con la que conversamos y tratemos de ecualizar su energía, algo así como si repitiéramos las notas de una maestra de canto.

Cuando se hagan esos silencios incómodos, piense en música, no en palabras. ¿Nuestro interlocutor está en adaggio o en allegro? Imítelo para que se sienta a gusto. Cualquier mamá hace esto de manera instintiva. Cuando el bebé acaba de despertar, le habla suavemente hasta que él da señales de estar totalmente despierto. O si un niño llora, en lugar de mover el dedo y decir "cállate", la mamá lo levanta, imita por un momento el llanto con un "yaaa, yaa, ya" para poco a poco hacer sonidos de shhh y distraerlo con palabras más alegres.

Pensemos que, en este sentido, los adultos somos un poco como los bebés. Tenemos que imitar el estado de ánimo de quien nos oye si queremos que nos compren algo, que nos escuchen o, simplemente, si queremos enrolarlos en nuestra plática.

¿Y ahora, qué digo?

La respuesta es, por absurda que parezca, lo que sea. No importa si las primeras palabras que decimos son banales, triviales o poco originales. Pueden ser del tipo: "Qué fría está la noche, ¿verdad?..", o, "Qué rico está todo, ¿no crees?", "Qué lento está el elevador...".

Cualquier frase sirve, siempre y cuando la digamos con intención y no de manera indiferente.

Claro que si a la primera de cambio notamos que la otra persona demuestra agilidad mental o ingenio trataremos de estar a su nivel. Así la conversación escala de manera natural y en forma compatible. Nunca hay que tratar de impresionar a nadie, porque la persona segura se da cuenta y no vamos a caer bien. Asimismo evite forzar la charla. El secreto está en atrevernos a decir cosas trilladas e intrascendentes. Sí, leyó usted bien... trilladas e intrascendentes.

Recordemos que, al principio, la gente se entona más con el matiz de las palabras que con lo que decimos textualmente.

Lo menos recomendable para iniciar una conversación es hacerlo con una queja o diciendo algo ofensivo o desagradable. Las personas etiquetamos muy rápido a los demás. Si lo primero que sale de nuestra boca es una queja, ¡PAM!, lo primero que se le ocurre pensar al otro es: Uff, éste es un "quejoso...". Y si nuestras tres primeras frases son de crítica no pasaremos de ser "criticones". Tenga cuidado porque después cuesta mucho trabajo quitarnos esa etiqueta.

Con excepción de lo anterior, siempre podemos iniciar con preguntas como: ¿Cómo conociste al anfitrión? o ¡Qué lindo prendedor! ¿Dónde lo compraste? El truco está en preguntar cosas comunes pero hacerlo con interés y mostrando mucha atención al escuchar la respuesta.

Por lo general, en estas situaciones en donde no conocemos a nadie es frecuente recibir dos preguntas que no fallan: ¿De dónde eres? y ¿a qué te dedicas? Por favor, NUNCA conteste con una sola frase. "Ah, soy del D.F." o "De Linares, Nuevo León". "Soy doctor" ¡¡Y YA!!, porque como respuesta obtendremos un silencio y una mirada fija que delata lo que nuestro interlocutor seguro piensa: ¿Y ahora quéee digo?

Vayamos preparados. Hagámosle a la gente un favor -vamos a hacernos un favor a nosotros mismos-, y cuando escuchemos una de estas frases introductorias, demos como respuesta algunos datos interesantes de nuestra ciudad o de nuestro trabajo.

Recuerde que nuestra respuesta puede dar pie a que la conversación continúe y, ¿quién sabe?, tal vez sea el principio de una estupenda relación amistosa o de trabajo.

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