No es nada nuevo...

Un día nos viene una gana inmensa de no hacer nada, de no ir a ningún lado, de no ver a nadie, de llorar por algo que ni siquiera tiene nombre.

 

Al principio sobreviene la confusión, que más tarde termina por convertirse en miedo si tales estados de ánimo se repiten y se prolongan. No es nada nuevo. Se trata de un episodio de melancolía.

Una vez, hace tiempo, la melancolía se llamaba Demonio Meridiano, y adoptaba las formas de la desesperación y la divagación, pero también las de la pusilanimidad, la verbosidad y la inestabilidad, aunque su número era legión.

Ahora se llama depresión y sigue siendo melancolía, tan vieja como el hombre mismo y -salvo el dolor de muelas- uno de los padecimientos más atroces.

melancolia

Los textos de la Edad Media, que pueden ser equivocados pero son minuciosos, mencionan entre los síntomas de la melancolía una gama que va del ánimo pequeño (cuando el ser pusilánime se retrae turbado por el compromiso de la existencia), y a la desesperación (cuando se tiene la vana certeza de estar ya condenado anticipadamente, y se ensimisma uno en la obsesiva contemplación de la propia ruina). Si la pusilanimidad es vivir con reticencia, la desesperación es morir muchas veces antes de la definitiva.

Pero ni siquiera las descripciones más precisas pueden retratar una sombra que lastima lo que cubre, se mire como se mire: la melancolía endurece el pulso, seca el vientre, produce flato y constipación o exceso, y eructos ácidos, pero también ennegrece la piel y la orina y la sangre, hace que se oigan zumbidos en el oído izquierdo, provoca sueños tenebrosos, y es raíz de la histeria, rama de la demencia, fruto de la epilepsia, semilla de la lepra, extremo de la hemorroides más externa, según la observación de Palermo, quien escribió un Régimen Sanitario en la Edad Media.

Nada de ésto es cosa de risa, al contrario. Muestra que desde hace siglos hay gente que sufre depresiones y gente que se interesa en observar para ver si puede aliviarlas. Tan es así que la depresión pasó de ser combinación de humores corporales a ser manifestación satánica o divina, y de ahí a ser un proceso de la conciencia o del inconsciente, y desde hace medio siglo se considera consecuencia de procesos químicos deficientes. Pero sigue siendo la misma cosa, algo que no se puede ver con claridad aunque sea claro que se trata de algo que uno padece.

Yo pasé varios meses sufriendo media página de efectos secundarios que me hicieron olvidar la depresión, que dejó de ser cosa de estigma y durante un periodo fugaz fue padecimiento de moda. Las revistas que hasta hace poco ignoraban el tema tienen secciones en las que se discute si los tricíclicos son más efectivos que los inhibidores.

Hay quienes, como yo, sospechan que la definición de la depresión y su tratamiento han ido cambiando por las estrategias de mercadotecnia de las empresas farmacéuticas y no por las necesidades reales del paciente, pero esa es otra historia. Por el momento basta lo que ya se ha dicho y la deprimente perspectiva de la guerra que viene.

Pero la depresión es cosa seria. La cifra de quienes sufren este padecimiento es alta aunque nunca pueda llegar a ser precisa. La gente se deprime. Más gente se deprime más, pero no viceversa. Y entonces le dan a uno una píldora para que todo vuelva a ser como antes. La píldora hace que todo vuelva a ser como antes aunque en realidad no lo sea, porque ya nada vuelve a ser como antes. Y mañana hay que tomarse otra.

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