MUJER

Ja, ja: el amor no entiende de distancias

Muchos terminan por abandonar unos proyectos, unas amistades y una organización afín y próxima para marchar y/o adormecerse en el “conjuro del amor”.

Quizás el aspecto más absurdo con amplia diferencia del concepto amor “en la sociedad actual” (las comillas nunca sobran) es el “amor a distancia”.

Cuando los dos tortolitos viven a kilómetros de distancia, cuando su vis a vis se reduce a 2 o 3 visitas mensuales (ojo… esto puede variar: unas veces más, otras menos; lo mismo da), cuando sabedores de un imposible trato día a día ( es decir de la creación de la afinidad) se desviven por mantener su relación, y su anhelo de conocer lo que el otro hace a cada instante se transforma en grandes facturas telefónicas, manejo intensivo de los flexores de dedos debido al uso exagerado de las teclas enviando mensajes o messenger o las bien nombradas llamadas perdidas (que mejor definición se le podía dar).

Son unas parejas de juguete, alimentadas por una literatura, arte y televisión históricas que promueven ese amor imposible, en las que el bestial desfogue sexual cuando esporádicamente “están juntos” o interminables conversaciones sobre lo inentendible por la otra parte (natural si partimos de la base que cada uno está en un contexto diferente y por tanto realiza actos de acuerdo a su alrededor, y concorde a las personas que más cerca tiene), se convierten en algo no ya sólo habitual sino obligado, con frecuencia a veces reglado por el reloj. Es pues un amor de teléfono y oído, de carretera y estación de autobús, de especulación y regalito de complacimiento.

Ellos son unos “enamorados” en los cuales su relación se limita sin saberlo a una mitificación de lo que creen que será su amado en la distancia, no llegando a conocerlo realmente nunca. Una lucha contra la naturaleza, contra el quehacer diario, contra todo y todos quienes les rodean, que consigue convertirlos en seres dependientes de la otra parte, en hombres y/o mujeres alienados sutilmente por esa droga mal llamada amor, amor nunca revolucionario por supuesto.

Es una esclavitud consentida, adormecida a posta, a causa de la atrofia neuronal y de valores que aceleradamente la sociedad consumista entrena desde la infancia, temprano ya en escuelas y juegos; y además, dañando tanto a los “enamorados de la distancia” como a los que están a su alrededor (más acertadamente, en sus dos alrededores): el amigo que no puede hacer planes con su camarada pues debe de estar a espera de cómo “se organice éste esta vez para estar con su novia”, la preocupación de la madre temerosa que su chaval pueda “poner los cuernos a su simpática novia a la que tan poco ve”, la chica cutremente “enamorada de aquel chico de novia lejana al que no puede conquistar”, (por cierto que tristes connotaciones estas: de prematrimonio el “novio/a”, y/o de posesivo a ultranza “poner los cuernos” con sus respectivos sinónimos que tan habitualmente utiliza esta desnaturalizada sociedad en “las conversaciones normales y asimiladas como no diferentes”). Algunos de estos esclavos pueden incluso justificarse indicando que ellos no caen en los errores que he intentado expresar anteriormente o quitando importancia a algo que ellos creen que no la tiene tanto, siendo en estos casos dichos defensores a ultranza los más anestesiados, pues como bien dice el refrán: el primer paso para curar la enfermedad es reconocer que se tiene, y en su caso luchan por no hacerlo, continuarán más y más con sus acarameladas cadenas, en este caso desconociendo con la intención de no llegar a saber jamás.

El cruel autoengaño al que se ven sometidos, busca irracionales, antinaturales y estúpidas explicaciones que lamentablemente, y a su pesar, se ven desmoronadas ante cualquier planteamiento no ya científico sino en el que haya intervenido mínimamente la reflexión, ejemplos: que si tenemos mucha “afinidad y gustos comunes” olvidando que el colectivismo y afinidad se crean y educan con el contacto y las vivencias cotidianas, que si “fue un flechazo”, que es “una relación especial”, que “nos sentimos muy bien juntos”, y un largo etcétera de conceptos abstractos por el estilo. En fin, pura memez, y algunos aspectos más peligrosos: partir del total alienamiento de los dos seres (o más) sometidos a la más horrible de las servidumbres, la moral e íntima; y una aceptación y entrada en el mercado del consumo de las relaciones humanas, la conversión del cuerpo y mente de uno mismo en un producto en puja, oferta y demanda. La prostitución a uno consentida.

La estupidez, a veces, llega al colmo de lo absurdo en el momento que creyéndose hartos de la distancia que los separa, deciden “poner sus vidas en común” e irse a convivir juntos; así una parte mutila su vida y marcha al lugar donde se encuentra la otra, o ambos “solidariamente” se autolesionan y marchan a un sitio ajeno a ambos, graciosa forma de ponerle las cosas fáciles al poder, que divertido observa como múltiples parejas de jóvenes o mayores apagan o no llegan a encender nunca su natural y humana mecha de la rebeldía, iniciando una vida en común que les llevará a la bellísima hipoteca, al liberador matrimonio, a las tortas, lloros e insultos, o a las 9 en casa para cenar juntitos. En ocasiones, la razón se impone un poquillo sobre la sandez y terminan por “dejarse” (oye que bonita palabra), dándose cuenta que eso del amor platónico y “me fui a vivir con mi novio el de Zaragoza” es más bien de cuentos de príncipes y princesas o de series televisivas para aborregar a adolescentes tontitos.

Otras tantas, inevitablemente, se cumple eso que los “posesivos cursis” llaman infidelidad, y una parte (o las dos) mantienen lógicamente relaciones con seres más cercanos que su lejana pareja. Dicha “poligamia”, no siempre tiene que llevar a la ruptura, los palos e insultos. En muchos casos será aceptada por los tortolitos pues suponen (o supone una parte) que peor sería la soledad (quedarse compuesto y sin novia, opinan los refranistas), así la “dolorosa infidelidad” se tendrá por mal menor; el comprensible desahogo sexual de su lejana pareja consigue que se haga la vista gorda con tal de salvar la relación; incluye esto, todo un aluvión de nauseabundas reconciliaciones, viajes para aclarar lo inaclarable y promesas imposibles, todo sea por seguir manteniendo la propiedad, la carne a la que reclamar como propia, fe en incrédulos...

Incluso los que pretendemos o pretenden cambiar el orden que les rodea, aquellos que se autodenominan revolucionarios y en muchos aspectos sí han llegado o podrían llegar a serlo, no están exentos de caer en esta lacra del “desamor en la lejanía”.

Así muchos terminan por abandonar unos proyectos, unas amistades y una organización afín y próxima para marchar y/o adormecerse en el “conjuro del amor”. Esos son los momentos más tristes, duros y desagradables, el contemplar como un incorrupto, un compañero, un ingobernable... pierde la libertad y pasa a ser un sometido. Cae el ideal, por mucho que en un futuro lo consiga travestir a base de flamante oratoria, interminables sermones o envalentonadas acciones: pues, lamentablemente, se ha terminado el ser libre y empieza el hombre alienado.

Joaquín Soler

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